Todos somos estúpidos, todos estamos profundamente equivocados, todos tenemos miedo.
Tan categórica afirmación se sustenta en siglos de dramaturgia, en conflictos armados pasados, presentes y futuros, antes llamados guerras, y en la sabiduría de los que observan en silencio sin comprimir las resplandecientes escamas de las alas de las mariposas, conocedores de la fragilidad de todo lo bello, de lo realmente importante, del rescoldo que permanece al quemar la vida muerta, las poses con forma, pero sin peso específico.
Todos imitamos el deslizar cautivador de los ganadores del primer premio, de los que gritan y se agitan como si replicasen la perfección de los dioses.
Pues señoras y señores; ellos también son monos gesticulantes, marionetas y al unísono titiriteros excesivos.
En una ocasión ya muy lejana, escuche una de las mejores definiciones de una enfermedad mental:
«Tengo en la cabeza tres sillas y cuatro monos».
Simplemente brillante.
Esas palabras aparentemente elementales, encierran una profunda comprensión del conflicto interno.
Los monos tendemos a buscar el equilibrio, la estabilidad en un polvorín lleno de malabaristas bisoños.
Cuanto antes soñemos con la destrucción de lo superfluo, más temprano seremos semejantes a un filósofo errante.
Nada es en principio tan caótico, o perdurable como parece; ni los monos son tan destructivos y anárquicos, ni las sillas son tan estables como un refugio anti-tempestades.
Una amenaza constante crea un monstruo semitransparente, aunque de una oscuridad sin límites, sin un perfil definido. Un ente sin energía propia tocado con la corona de la destrucción pura, la guadaña que cercena la vitalidad sin apiadarse de nadie.
Se escuchan historias de duelos tan fastuosos, que extienden una prórroga sobre la vida, tan al límite, que la flaquita cierra el telón sin apropiarse de autoría alguna, sentándose en el entablado y esperando hasta la siguiente función silbando un réquiem, por tal, o cuál, alma descarriada.
La luz de tales funciones es gélida, tiránica, o se transmuta en humor aciago que orbita como los estandartes de estrafalarios reinos, una promesa dicha con la boca pequeña antes de una traición, o un abuso de confianza planificado desde la misma cuna.
Advierto que detallo la biografía personal como un tratante de mulas con el puño aferrado a una moneda de plata. Es la rutina del misántropo maestro de ceremonias de un circo carente de carpa, dónde un trapecista cojo se embelesa frente a las bailarinas y con un caricato borrachín, pero con el suficiente decoro para no desertar ante la lluvia del este, frente a las palabras abstractas que no entiende nadie y ante las virtudes intelectuales de un lector de poemas de amor.
Demasiada gente extravagante con pensamientos apelmazados como planillas de juntaletras maliciosos. Zarandean arriba y abajo los espantos leales como camaradas de armas que uno quisiera tener una mañana de domingo.
Yo conozco las contusiones que no se esperaba recibir, las legañas de chatarra que producen ceguera, las pesquisas equivocadas que concluyen en certezas vaporosas.
Se tienen pocas oportunidades de conversar con descarriados equiparables a uno mismo, y una vez que se inicia la maquinaria sentimental, todo puede concluir con una puñalada certera en el corazón, o con una confesión que hiere con mucha más profundidad que una afilada hoja del mejor acero de Damasco.
Queda imaginar al eterno desdichado, al cantor de canciones medio descompuestas que recuerda difícilmente dos estrofas dispersas, que olvidó quien era ayer, porque mañana será otro funesto charlatán sin nada que decir.
Mi abuelo decía que la vida es un tango, y el que lo baila un idiota.
Una decepción, tomes el camino que tomes.
Un ensayo general para una representación que sonará algo mejor; donde el escenario se llenará de orquídeas, aplausos y alguna que otra felicitación sincera.
De niño me encerraba a oscuras en mi habitación ejecutando un receso después de excesivos estímulos. Esa falta de apeaderos lleva a extraviarse el día menos pensado.
Llevar sobre el espinazo los cautiverios ajenos acorta el trayecto al inframundo.
De esa estancia conocía todo lo que habitaba en ella.
La evidencia de la verdad propia no es suficiente cuando piensas demasiado en majaderías, porque la realidad no tiene dueño y todo lo que se diga de ella es invención de alguna mente perversa.
En la acera de un almacén de muebles con olor a bosque canadiense, un hombre medio muerto conversaba con un cínico, aristotélico y tanguero:
– Tengo tres sillas y cuatro monos en la cabeza.-
El individuo menos muerto le contestó flemático y con tonillo burlón:
– Traeré otra silla para tus malos pensamientos, ya sabes que no soporto tener mirones cuando jugamos al mus.-
Firmado:
Un mono del viejo mundo.
P.D: Este texto enmarcado con la canción “Ain’t Nobody’s Business If I Do” en la voz de Billie Holiday es más apetecible.
