Noviembre de 2023 fue uno de los peores de mi vida. Me sentía como si estuviera agarrando el mango de una sartén de hierro que después de haber llevado al fuego quieres poner en la mesa. La temperatura va subiendo, pero tú te aferras al asa porque la comida no puede caer al suelo. En un momento, tu mano pasa de sentir calor a sentir dolor, y tú sigues sujetando. Crees que puedes conseguirlo, pero tu mano se abre y la comida cae al suelo.
Eso era lo que sentía cuando intenté acabar con mi vida ese aciago mes de noviembre. Solo quería soltarlo todo, hasta la vida, que me pesaba y quemaba como si fuera un hierro candente.
Al despertarme en la uci, me di cuenta de otro nuevo fracaso, no lo había conseguido. Tendría que recibir el castigo de mirar a los asustados ojos de mi compañero de vida y de mi hijo de tan sólo 13 años.
El 29 de mayo de 2025, en Zaratán viví uno de los momentos más felices de mi vida en estos últimos años. Entre ese noviembre de 2023 y este mayo de 2025 han pasado muchas cosas, y una de las que más me ha ayudado a seguir adelante es el equipo de fútbol de Salud Mental.
Desde niña me ha encantado el deporte en el que ponía muchas dosis de voluntad para contrarrestar mi falta de habilidad, por un lado, y mis inconvenientes físicos por otro. Al recordar lo bien que siempre me he sentido en el deporte, busqué la manera de poder realizarlo, a pesar mis hándicaps. Mi condición de ser humano de sexo femenino nunca me había supuesto un problema a la hora de formar parte de un equipo, sin embargo, mis problemas físicos sí. Cada vez que intentaba formar parte de un equipo, fútbol, baloncesto, beisbol (he probado de todo), todo se iba al traste a la primera pérdida de tono muscular. Enfados, gritos, retirarme del campo arrastras para que pudieran seguir jugando. Todo esto, unido a las risas consiguientes unidas a una frase que me perforaba el cerebro. ¡Ya se ha vuelto a desmayar, no aguanta nada!
Nunca me rendí, y opté por deportes individuales, en los que seguía con mis problemas físicos, pero no había reproches, aunque sí, algún que otro susto por parte de los que lo presenciaban.
Y llegó mi oportunidad:
- Alex, ¿Me puedo apuntar a futbol?
- ¡Sí, por supuesto!
Realmente no tenía ni idea de que no había ninguna otra mujer en el equipo.
Me presenté un día a los entrenamientos. Aún no había llegado Alex, y vi que estaban tirando a portería. Un chico se fijó en que estaba mirando el entrenamiento y se acercó a mi me saludó y me ofreció su mano. En sus ojos dulces y su gesto de apoyo noté inmediatamente que todo iba a ir bien. Llegó Alex, saludó, y comunicó que iba a haber un nuevo miembro en el equipo. Me presentó e inmediatamente aplaudieron y me saludaron. El único problema era que NO TENIA NI IDEA DE JUGAR AL FUTBOL, y tendría que empezar de cero a mis 53 años, que como diría mi tía, nunca es tarde si la dicha es buena.
El mayor miedo que tenía no era por ser mujer en un equipo sólo de hombres, o mi absoluta falta de conocimientos, mi mayor miedo era la primera vez que me diera una crisis de hipotonía en medio del juego.
Me he preguntado muchas veces si he sentido discriminación alguna vez por ser mujer, y si no es así, por qué no lo he notado. Una posible explicación que doy es que las discriminaciones que sufría por mi condición física siempre han sido mucho mayores, y por eso no la he notado. Otra posible explicación es que yo, como mujer que ha vivido la mayor parte de su vida en un país que lleva incorporado el machismo en la sangre que oxigena sus órganos, no haya notado la discriminación de la que era objeto. Sí puedo decir que hay puestos de trabajo en los que he cobrado menos que mis compañeros masculinos, también me ha tocado trabajar más nochebuenas que ellos, porque tenían que estar con sus familias, cosa curiosa porque yo tenía mi propia familia. Pero lo cierto, es que no lo he notado en exceso.
Hay otro motivo que se me ocurre, y es la maravillosa madre que me ha tocado. Mi madre, por motivos personales que no vienen al caso, se crio con dos mujeres que eran autosuficientes y podían educarla de manera más libre. Tenían posesiones, en su cartilla del banco no figuraban hombres, y a parte de un huerto, una de ellas tenía un sueldo fijo. ¿Que cómo se ganaron esa libertad en plena dictadura? Una de las mujeres era mi bisabuela, a la que mataron a casi todos sus hijos por ser comunistas y apoyar la segunda república. Se libraron un hijo que escapó fuera y otra hija. Después de quitarla todas sus posesiones, lo poco que la quedó era suyo, no había hombres que pudieran controlarla más. La otra mujer era su nuera, la única persona que quedaba viva que podía llevar las cuentas del sindicato. La casa de estas mujeres era el oasis de mi madre, donde no podía entrar ni la patria, ni la religión. Así se crio mi madre, y así nos hizo ver que era la vida. Una de las frases que mi madre me repetía de pequeña era que a efectos sociales no existen hombres ni mujeres sino personas y que teníamos que luchar porque la sociedad fuera así.
Volviendo a mi equipo. Ni mi discapacidad física, ni mi condición sexual ha hecho que yo me sienta diferente. He sentido aceptación, cariño, ánimos y comprensión. Me he sentido una más, y el mérito es de todos ellos, quizás por la empatía que tienen frente a aquellas personas que, como ellos, han tenido que pasar por los ojos críticos de una sociedad que tarda en darse cuenta de que la diversidad es virtud.
¡MUCHAS GRACIAS EQUIPO, SOIS LOS MEJORES!
Ana I. Gutiérrez
