Educar es una aventura llena de sorpresas e inquietudes en la que nos sumergimos con poca experiencia y mucha ilusión. En tan difícil tarea utilizamos unas herramientas que resultan insuficientes cuando el niño presenta algún tipo de singularidad, lo que nos lleva a cometer errores que con la orientación profesional adecuada se podrían evitar.
En nuestro caso, nuestro hijo comenzó a recorrer los caminos de nuestra mano que, como padres, hemos intentado ofrecerle experiencias que despejaran sus miedos y le abrieran ventanas al mundo: campamentos de verano, rutas por la naturaleza, deportes…; y, sobre todo, atención y mucho cariño. Ha sido un niño muy querido por su familia y apreciado por sus compañeros de clase y amigos. Creemos que ha sido realmente feliz, siempre estaba contento.
Su infancia se desarrolló de manera tranquila combinando el colegio con deporte, música y sus aficiones por los juegos de construcción; por supuesto, también había tiempo para ir al parque a jugar con otros niños. Sin plantear queja alguna, se dejaba guiar por una vida ordenada donde la rutina era la regla de cada día y cada cosa tenía su momento. Trabajaba rápido y bien, por lo que le daba tiempo para realizar múltiples actividades.
Claro que daba muestras de inteligencia considerable: gran capacidad de aprendizaje, inventiva, creatividad, sensibilidad…; pero no sospechábamos nada excepcional, pensábamos que era un niño como otros tantos. Nos puso sobre la pista una prueba que superó con éxito y le brindó la posibilidad de potenciar su capacidad que, aunque resultó valiosa, supuso una sobrecarga de trabajo para él ya que había que desplazarse a otra ciudad.
Inmediatamente vino la pandemia y en pleno aislamiento social se desarrollaron los cambios hormonales propios de la adolescencia. Su carácter mudó volviéndose reservado y solitario. Aunque dicen que es lo propio de la edad, tanto él como sus amigos heredaron del encierro la afición de quedar a través de los videojuegos y apenas salían a la calle por lo que empezamos a preocuparnos.
Con la vuelta al colegio, el tutor nos propuso la posibilidad de valorar si había AACC y, aunque en un principio nos mostramos reacios, nos convencieron. A veces, pienso que hubiera sido mejor ignorarlo porque a él no le gustó nada la etiqueta, en vez de verlo como algo positivo sintió vergüenza y pidió que no se lo dijéramos a nadie. Nos documentamos, buscamos posibilidades de apoyo en asociaciones, pero en Aranda no hay nada; Valladolid es lo más cercano ¿Qué hacer?
Empezó el instituto y pensamos que sería conveniente que hablara con alguien diferente a nosotros y nos pusimos en contacto con el pedagogo del centro. A través del teléfono, con cierta sorna, este me explicó que había chicos con problemones y no tenía tiempo para alguien que marchaba bien en clase; no habló con él ni una sola vez, ni cinco minutos en dos años ¿No podía o no quería? Yo lo tengo claro: Atención cero para alguien con AACC que no da problemas.
Estos chicos necesitan apoyo psicológico porque el desarrollo mental y el emocional no van parejos y, en ciertas etapas del desarrollo, provoca en ellos una tremenda angustia que puede llevarlos a desarrollar conductas lesivas y al fracaso escolar. Hay problemas que no se ven y cuando salen a la luz, igual, ya es demasiado tarde.
Cuando recurrimos al médico de familia nos dimos de bruces con un interrogatorio frío cuya falta de sensibilidad hizo que nos arrepintiéramos de haber ido —demasiadas preguntas y escasa respuesta—, nos remitió a psicología infanto-juvenil de Burgos
¿Burgos? ¿En Aranda no hay? Los recursos que la administración destina para atender la salud mental de nuestros hijos son claramente insuficientes.
Por fin hemos encontrado en Salud Mental Aranda la sensibilidad y el apoyo que precisa nuestro hijo y los hijos de Aranda.
¡Gracias por estar ahí!
