La tibia luz rompe la oscuridad para dar paso al amanecer. El sol se  despereza tímidamente colándose por las persianas.  Trae la  promesa de un día nuevo, pero para Adela, todos los días son iguales; lunes, martes, miércoles…, o domingo. La única diferencia, si es que realmente la hay, es que cuando aparece alguno de esos nombres en el calendario, tiene que madrugar para ir al taller de aparado. Sentada ante la máquina de coser calzado, pasa la mayor parte de la jornada,  así lo ha hecho gran parte de su vida. El resto del día, independientemente de su nombre,  lo dedica a  tareas como lavar la ropa, fregar, cocinar, planchar…, y cuidar de los niños. Esto, también las ha realizado desde siempre, simplemente por ser mujer.

Adela abre los ojos al notar los primeros rayos de luz, que se filtran perezosos por la persiana. Aún no ha sonado el despertador. Hoy, es una de esas jornadas designadas para trabajar.

A su lado, en la cama, está Fermín, su marido. Perdió la necesidad de madrugar hace ya un año y medio, quizá dos…, ya no lleva la cuenta. Desde entonces,  se levanta cuando le viene en gana, y se ocupa en “otros menesteres”, ajenos a las necesidades familiares.

Lo mira con nostalgia. Recuerda que hace ya mucho tiempo era el forjador de sus anhelos, el que traía dulces besos, y tiernas caricias a su vida. Ahora, todas esas quimeras han desaparecido. Esos ósculos, antes tan deseados, se han vuelto amargos como la hiel. En ocasiones…, esas raras ocasiones, en que sus labios se aproximan, ella parece notar el sabor de la cicuta, y cree morirse.

Aquel amor de antaño, ha perdido toda la dulzura. Ha pasado demasiadas veces por el alambique, y está tan destilado, que sabe a agua sucia. Casi, nota el hedor a podredumbre.

Mira el abismo entre sus cuerpos. A la vista de cualquiera solo hay una escasa distancia, tal vez cincuenta centímetros. Pero en la mente de Adela, ese medio metro, se convierte en kilómetros de desazón. ¿Cuándo dejó de quererlo? ¿En qué momento dejó de desear sus caricias? ¿Cuándo comenzó a sentir que sus vidas estaban tan distantes? Cree que a él también le pasa lo mismo, pero lo exterioriza de otras formas, algunas no demasiado silenciosas…, y mucho más dolorosas. Ninguno habla sobre el tema, ni de ese…, ni de ninguno. No mencionan su zozobra, pero es una cosa que se siente, se palpa en el ambiente.

El desamor se ha instalado entre las paredes de su piso de tres dormitorios, cocina y dos baños, y ha tejido ya sus cortinas de grises y sucias telarañas, en las que los únicos enredados en sus letales hilos, son ellos.

Apaga el despertador antes de que suene. Con suerte no tendrá que sufrir las envestidas de Fermín si se despierta. No está con ánimos para sus “jueguecitos”.

En un fugaz suspiro, Adela recuerda cuánto deseaba esos cinco minutos antes de que sonase el despertador…,  pero de eso, ya hace demasiado tiempo. Esos minutos, en el que los roces se incendiaban de amor y de pasión; en el que los besos no eran fugaces, ni forzados; en el que deseaba que no sonase el maldito despertador.

Ahora tampoco desea que rechine la alarma, pero por otro motivo muy diferente. Aquellos recuerdos le parecen un sueño lejano; tal vez sean prestados, porque no los siente propios,  ya no le pertenecen esas evocaciones. Una imagen que ha quedado reducida a polvo con el paso de los días…, de los meses…, de los años…

Coge su ropa, los  zapatos…, y a hurtadillas, sin encender ninguna bombilla, y por supuesto, evitando hasta respirar para no hacer ruido. Sale como un hálito, de puntillas, iluminada únicamente por los haces de luz que caen perpendiculares desde la ventana, y que ella corta al pasar. ¡Ojalá fuese así de fácil cortar con todo! … pero no lo es… no es nada fácil….

En el pequeño cuarto de baño, comienza a vestirse. Debe darse prisa, no quiere llegar tarde, y mucho menos tener que sucumbir a la solicitud de Fermín de hacer el amor. Aunque más que amor, es sexo. En el que él, satisface sus necesidades fisiológicas, y ella consigue mantener a salvo su cuerpo por unas horas, tal vez, con suerte…, durante todo el día. Pero a ella le repugna, tanto si la somete, como si se obliga a sí misma a ser sumisa. Solo siente la necesidad imperiosa de huir, de escapar de todo. Pero no puede. Cree que es su obligación como mujer, pero sobre todo como madre. ¿Qué harían sus hijos sin su padre? ¿Cómo superarían vivir lejos de la figura paterna? ¡No podrían! Ella lo sabe… cree estar segura de que lo sabe…

La debilidad ha hecho mella en ella, tanto o más que las magulladuras que mantienen su cuerpo dolorido. Mira el rostro que se refleja en el espejo para pintarse los labios, y piensa: “Pobre mujer, ni  embadurnándose con el maquillaje, consigue disimular lo que lleva escrito en los ojos. … sus ojos….Dolor… Mucho dolor” Sin darse cuenta de que ese reflejo no es otro que el suyo…

Al salir, en silencio, cree que nadie se dará cuenta. Siente que ha conseguido disimular bien su situación, esquivará las preguntas, evitará la vergüenza… ¿hasta cuándo? Nota que no anda bien del todo. “Será por el golpe en la cadera. Aún es pronto para que esté bien. Las otras veces ha tardado un par de semanas en dejar de molestar”— piensa.., mientras recuerda con un escalofrío los golpes de anoche en su cara, en su cuerpo y en su alma…

 

Fdo. Natividad Poveda Vidal

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